Sábado, 07 Octubre 2017 00:00

Monseñor Terán: “Solo desde la fraternidad se tiende un espacio para construir una ciudad digna de Dios”

 
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Terán: “Pidan por mí, para que pueda conocer sus problemas e iluminarlos” Terán: “Pidan por mí, para que pueda conocer sus problemas e iluminarlos” Foto William Urdaneta

La Diócesis de Ciudad Guayana está de fiesta, pues este sábado, en medio de una homilía festiva, recibió a monseñor Helizandro Terán como su nuevo obispo. El religioso agustino, de 52 años y oriundo de Maracaibo, convocó a varios sectores de la feligresía local, que escucharon su discurso impregnado de reflexiones sobre problemas sociales y la necesidad de una labor pastoral más cercana para acompañar a los fieles y construir espacios para el bien común desde uno de los principales valores: la fraternidad.

Lcapitulara luz natural se cuela desde el techo por la cúpula del altar. Esa luz, propia de una mañana sabatina de Ciudad Guayana, baña la cátedra donde preside sentado. Silente. Sonriente. Con la mirada fija en el horizonte. Con esa luz que deja ver en su sotana el azul mariano que elige para la ocasión.

Desde ahí, desde esa cátedra, sentado junto al arzobispo de Ciudad Bolívar, henchido en una alegría proporcional al sudor que mana de su rostro azotado por el calor bolivarense, él, el honrado con una bula del papa Francisco; el recién investido con el báculo y la mitra; él, el excelentísimo y reverendísimo monseñor Helizandro Emiro Terán Bermúdez, es, formalmente y desde ahora, el nuevo obispo de la Diócesis de Ciudad Guayana.

Los aplausos estallan por doquier.

Pero antes de que esto suceda. Antes del mar de aplausos, pancartas y fotos en tropel, la parroquia Nuestra Señora de Fátima es, hasta ahora, un concierto de feligresía, músicos y logística clerical. Las tres naves de la parroquia, uniformadas en el brillo madera de sus bancos, colman el espacio con fieles de todas las parroquias. El coro y sus músicos preparan los instrumentos para el acto solemne, ante la mirada centinela de un San José que los vigila desde la columna izquierda del altar.

La espera la ameniza un orador, que entre ecos y murmullos de los fieles repite al micrófono una resumida hoja de vida del llamado a ser el próximo pastor de los guayacitanos. Noviciado en Nicaragua (1991), fraile agustino en 1994, diácono en marzo del 95 (por imposición de manos de monseñor Mariano Parra Sandoval, a quien hoy sustituye como regente de la Diócesis de Ciudad Guayana); y seis meses después ordenado sacerdote en Maracaibo, son puntos que destacan en su vida religiosa.

Sus estudios, un mar de honores a la sapiencia del que el mismo San Agustín se sentiría orgulloso, son una colección de títulos que incluyen: un bachillerato en Teología en la Pontificia Universidad Salesiana de Roma (1995) mención Summa Cum Laude; una licenciatura en Educación Integral en la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, 1996) mención Magna Cum Laude; otra licenciatura en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1998) mención Summa Cum Laude; y un doctorado, en esta misma sede, en la misma materia y con los mismos honores académicos, en 2005.

TERaN2nuevaMonseñor saludó a la feligresía con el corazón flechado, símbolo de San Agustín |  Fotos William Urdaneta

La entrada del pastor 

La parroquia es silencio. La multitud entera en pie, con la mirada fija en la puerta izquierda del templo, aguarda la llegada del pastor. Del buen pastor en Cristo por el que aboga el arzobispo Ulises Gutiérrez. El coro entona un canto de entrada que pide al mayor de los pastores: conduce a tus ovejas por un solo redil.

  Disfrute nuestra fotogalería en Facebook sobre la toma de posesión del obispo.   

Pronto asoma por la puerta la curia plena en blanca sotana. Es el colegio sacerdotal, que preludia la entrada del obispo con el crucifijo, cirios y la bula papal que lo oficializa en el cargo. Entonces destaca entre todos, al final, con el símbolo mariano de la sotana azul, escoltado por las mitras de demás obispos y del arzobispo metropolitano, un hombre de tez redonda, cabeza cana y ojos grandes. Con el solideo en la cabeza, una sonrisa en el rostro y el anillo de obispo en la mano derecha. Su nombre: Helizandro Terán.

La luz solar se cuela por la cúpula como testigo. El nacido en Maracaibo recibe de Gutiérrez la mitra y el báculo, símbolos del pastoreo al que están llamados los obispos con su rebaño. Con este rebaño: la feligresía de Ciudad Guayana. Esa que ahora lo ovaciona de pie, mientras el olor a mirra cunde sus olfatos y emociones. 

“Dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras” 

Los honores del rito y la homilía de rigor preceden las palabras del Terán, que por primera vez se dirige a la feligresía guayacitana desde el altar custodiado por la imagen de Cristo. Desde ahí saluda a la curia, a feligreses, seminaristas, laicos, jóvenes, familias… “cuento con todos ustedes para lograr una verdadera evangelización”, exhorta, antes de centrar su atención en uno de los puntos medulares de su discurso: los pobres.

“Mi saludo a los pobres, a los más pobres, a los que no se ven, a los olvidados, a los odiados, a los aborrecidos. A esos hermanos que viven en una perpetua noche. También soy el obispo de todos ellos. De los enfermos y ancianos, con ellos también estoy”.

 

TERaN3La curia mostró la bula del papa Francisco que nombra a Terán como el quinto obispo en la historia de la Diócesis de Ciudad Guayana

 

Su presentación también fue una manifestación de voluntad: la de ponerse a disposición de todos los actores políticos, judiciales, académicos y militares, a quienes ofreció su respeto, diálogo y “leal colaboración para el bien común de la Diócesis”: esa a la que en un primer esbozo definió como muy joven, por su gente y por su clero.

Luego de caracterizar la variante geografía regional, su vocación procesadora de materia prima, su identidad indígena y su profunda vocación mariana, se entregó, ante todos los feligreses, en un acto de humildad. De la humildad de quien sabe, y que aun así es consciente de la realidad de que desconoce (San Agustín dixit):

“No vengo a ufanar que lo sé todo, vengo a aprender. Vengo a ser hermano de todos. No traigo ningún plan, vengo a seguir el plan pastoral diocesano que lleva mucho camino hecho. Vengo a llevarlo a feliz cumplimiento”, anunció, antes de recibir el aplauso y los gritos de júbilo de los presentes.

- Pidan por mí, para que pueda conocer sus problemas e iluminarlos – pidió a la feligresía, en otro gesto de humildad que emula un clamor de San Agustín que monseñor Helizandro Terán ha convertido en su lema: Dame lo que me pides, Señor, y pídeme lo que quieras; una forma de reconocerse ínfimo ante la omnipotencia de Dios, que constituye, desde la fe, el principio y el fin de todas las cosas: al hombre, su voluntad y su misión de vida.

Un pastor con olor a ovejas

Terán también habló de la necesidad de un verdadero pastoreo en la labor del obispado. Uno en el que el pastor se llene del olor de sus ovejas; tarea que a su juicio solo es posible trabajando en medio y detrás del rebaño. Es escuchar a todos, dejar a un lado toda persecución y activar a Dios. “Es así como se curte la piel con el olor de esas ovejas”.

Otro de sus puntos de interés fue la fraternidad como piedra angular para construir una ciudad digna de Dios, pues considera que “solo teniendo el don de Dios podemos reconocer al otro como hermano”.

 

TERaN4Monseñor recibió el afecto de su feligresía al final de la homilía

 

“Solo reconociendo al otro podemos hacer algo nuevo. El que echa a su hermano está en tinieblas, camina en tinieblas y no sabe a dónde va a parar”.

Luego de destacar otras labores del obispado, como enseñar (“es más que doctrina, es vivir la doctrina de la fe. Es recrear en mía la aventura de Cristo”) y santificar (“mediar con Dios para los demás. Acercar a los hijos a Dios”), Terán llamó a todos a ser hombres y mujeres de oración; esa capaz de limpiar a la sociedad del pecado estructural y social que deshumaniza a la sociedad y la iglesia. Esa capaz de sanar y resucitar al hermano caído.

Los vítores, cánticos y oraciones acompañaron el resto de la homilía. El final de la eucaristía fue otro río de loas, sonrisas, fotos y bendiciones que el obispo recibía y repartía por doquier.

Era, a final de cuentas, el pastor. El pastor y su rebaño. El hombre en medio de las ovejas que desde ahora, 7 de octubre de 2017, en plena dictadura y con la mayor crisis política, económica y social de la historia criolla, deberá llevar por el redil. El redil de esta, la Ciudad Guayana que hasta ahora, con sus glorias y miserias, sobrevive desdentada en la segunda década del siglo XXI.

 

“Guayana es / Guayana es…”

- Usted habló de la violencia y también de la misión del obispo como pastor de sus ovejas. ¿Cómo cumplir esa labor de pastoreo en Ciudad Guayana, la octava ciudad más violenta del planeta?

- Esa es una realidad presente en todos lados. Solo que en unos lugares más acentuados que en otros de la geografía. La solución para eso es construir el reino de Dios, no hay otra vía. Construir el reino de Dios es una prédica desde donde se vivan los valores del evangelio, desde el amor, la justicia y la paz. Porque el pecado deshumaniza, y el reino de Dios humaniza. 

- ¿Es posible construir ese reino con un sistema de justicia que promueve la impunidad y la violencia?

- El reino de Dios no cae del cielo, debemos construirlo. Cuando yo fomento que Dios entre en mi vida lo estamos haciendo. 

- ¿Cómo ve ese nivel de conciencia en los gobernantes?

- La conciencia del político, que es el que hace la polis, debe ser el bien común, no el bien personal. Cuando vamos a la realidad vemos que ahí se ve la grieta entre quienes ostentan el poder, que no parecen ir por los caminos de la fe. 

- Entonces, ¿hay conciencia en el gobierno sobre ese bien común? ¿obran en función de ello?

- ¡Lo que está a la vista no necesita anteojos! No, en ese ámbito esa conciencia no la hay. 

- Usted habló también del pecado social, y recientemente el papa Francisco habló de la corrupción como ejemplo de ello. ¿Cuál es su mensaje para una región marcada por hechos de corrupción y su justificación por parte de varios sectores de la sociedad?

- La corrupción es un cáncer que ha hecho metástasis en todos los sectores de la vida, hasta en sectores eclesiásticos. Es ahí donde necesitamos la acción del espíritu de Dios. En latín hay una frase que dice: corruptio optimi pessima (la corrupción de lo mejor es lo peor). 

- El Estado secular no está llamado a creer en algún Dios. ¿Cómo hace para combatir la corrupción?

- Si obramos todos en función del bien común la corrupción desaparece.

 


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